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Edición y diseño gráfico

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No podíamos dejar pasar la ocasión de ver el conjunto de seis óleos y veintinueve estampas de José Gutiérrez Solana, propiedad de la fundación MAPFRE, que se muestran en el Museo Nicanor Piñole de Gijón (del 28 de junio al 23 de septiembre). Sin dudarlo, allí acudimos Victoria y yo el jueves pasado. Y hemos podido admirar, de nuevo, algunos de los temas que fascinaron a Solana; asomarnos a sus procesiones, osarios, figuras de santos, máscaras carnavalescas con verdadera emoción.

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Es Solana un pintor raro que consigue despejarte la mollera de tanto vanguardismo tópico. Volver a encontrate con este artista constituye todo un «culto a la singularidad», apropiándome del título de un interesante artículo de Eugenio Trías (El Mundo, miércoles 27 de junio de 2007). Y si es en el mismo espacio donde se exponen permanentemente un buen número de importantes cuadros de Nicanor Piñole (algunos, contemporáneos de los de Solana) el efecto catártico es profundo.

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Es posible que el ambiente impresionista de este museo disgustase a Solana, que propendía al barroco, pero como sólo el paso del tiempo selecciona lo bueno y junta lo diferente sin que chirríe, ahora podemos admirar, a la vez, el «muñequismo» tenebrista y expresionista, algo primitivo, de Solana y la sutileza lumínica, la perspectiva profunda de Piñole. Los dos pintores tuvieron en común el haber sabido aprovechar, cada uno a su manera, sus capacidades. La de Solana era limitada, él era consciente de ello, mientras que a Piñole le sobraban facultades para el dibujo y la pintura, y su formación era excelente, pero los dos huyeron de la retórica y superficialidad visual como de la peste. Y supieron defender su contemporaneidad de manera ejemplar frente a las vanguardias de su tiempo, sin sentirse obligados a lamer sus postulados para lograr reconocimiento.

También ha sido una buena ocasión para releer La España negra que tanto me había gustado en su día, hace ya un montón de años, en una edición de bolsillo, de 1972, que extravié. Compré hace unos días la de 2000, de la editorial La Veleta, muy cuidada, con un magnífico prólogo de Andrés Trapiello, por el que me enteré con sorpresa que la que había leído reproducía los numerosos cortes y amputaciones que la censura franquista causó al texto en la edición anterior, la de 1962, de Taurus. Merece la pena dedicarle unas horas al libro más conocido del autor de «la faz negra de la nación» (cita de José Moreno Villa traída por Raquel González Escribano en «Procesión de noche» para el catálogo de la exposición) que, así y todo, no le impidió amarla.

La escritura de Solana es más dura, realista y tremendista que sus pinturas, algo lastrada, todo hay que decirlo, por la leyenda negra que tanto ha contribuido a desprestigiar a España (uno más, entre tantos compatriotas, que se tragó el siniestro cuento antiespañol manipulador de masas) pero que, a pesar de todo, no consigue mermar el interés de su lectura. Resulta también muy «pictórica» y posee una encantadora movilidad que las escenas tan quietas, casi esculpidas, de sus cuadros no pueden expresar.

¿Qué escribiría Solana de la «España boba» actual, la de los herederos de Sabino Arana, Enrique Prat de la Riba, Francisco Cambó, Pompeyo Gener, Blas Infante y demás lumbreras?

Helios Pandiella

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