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Si la anterior entrada trató de la «España negra», ésta, haciéndonos eco de la crónica de la semana pasada del suicidio del ex sacerdote (con la Iglesia hemos topado) y ex senador Xirinacs, bien podríamos decir que trata de la «España boba».

Xirinacs fue un visionario de las identidades pueblerinas. Consiguió en el ocaso de la dictadura la venerada respetabilidad de luchador antifranquista (fue propuesto como candidato a Nobel de la Paz en 1975, 76 y 77) que le permitió, durante la transición y desde el inicio del periodo Constitucional, ir adoptando posturas cada vez más radicales sin que su prestigio mermase, en proporción directa al paulatino aumento de cotas de autogobierno que nunca, en siglos, había logrado la «nación oprimida que clama por su liberación», según este «profeta del independentismo catalán». Hasta llegar a defender y exaltar el terrorismo etarra..

El Xirinacs «suicidado» dejó escrito que se quitó la vida para dejar de seguir siendo «un esclavo en los Països Catalans ocupados por España, Francia y Italia» y protestar por «la cobardía de nuestros líderes». Y estas declaraciones, propias de un perturbado, a Jordi Pujol, el muy venerable, le parecieron dignas de elogio, definiendo al que las escribió como un «profeta que quiere a su pueblo y por eso lo fustiga».

En un acto conmemorativo de la Diada, el 11 de septiembre de 2002, Xirinacs hizo afirmaciones como ésta:

«Yo he intentado toda la vida luchar por la vía no violenta. Pero declaro aquí y lo digo bien alto, por si hay algún policía o algún fiscal: me declaro enemigo del estado español [y por si todavía algún panoli no se hubiese enterado] y amigo de la ETA y de Batasuna».

Por estas declaraciones fue denunciado por la AVT y condenado un año después por apología del terrorismo, condena que no cumplió como era de prever en el Estado esclavista de la Nación opresora de «naciones» que padecemos.

A este héroe solípedo no le faltaron, pues, las loas y los panegíricos post mórtem. Además de la de Pujol, mencionado anteriormente, se sucedieron una cascada de encendidos elogios por parte de los políticos nacionalistas en el poder (también, como él, víctimas esclavas de la Nación opresora). A Carod Rovira, el hacedor de pactos con ETA, le causó «un impacto personal»; Joaquim Nadal definió al finado como una persona «crítica con su condición de cura y con su propia condición de ciudadano de este país» y Ernest Benach aludió al «compromiso en la lucha pacifista» del ex cura. Auténticos rebuznos en boca de quienes han elegido como icono simbólico de su tierra al cuadrúpedo asnal.

Y hasta la Comisión Ejecutiva del PSC emitió un comunicado de pésame en el que destacó de Xirinacs «su lucha contra la falta de libertades durante la dictadura franquista y en defensa de Cataluña»…

En España no cabe un tonto más.

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