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Buenas noches, amigos, ciudadanos, espías…

Te aguardaba en estos versos.

Entre la niebla cotidiana y unos granos de opio
elegí este horizonte de noches y fonemas
para mirar tus ojos frontalmente.

Ahora soy un príncipe encantado
bajo este aspecto de sapo un tanto lírico
que deberás besar
si quieres que este cuento acabe bien
para nosotros.
Créeme: Crée Créeme:
no hay orgullo ni bajeza en mis palabras.

Yo te aguardaba en estos versos desde siempre.

***

Aunque se publicó en enero de 1986, Para matar el Tiempo, de Alberto Vega, entró en imprenta en diciembre de 1985, el año más fructífero de Luna de Abajo, el de Guía para un encuentro con Ángel González y los libros Vivir de milagro, de Miguel Munárriz y Último territorio, de Ricardo Labra. Para matar el tiempo fue el colofón de una intensa actividad que no se repetiría. Luna de Abajo dejaría de responder a la fuerza gravitatoria que la fijaba a «los charcos de la bocamina» (*) e iniciaría una trayectoria sin órbita fija, errática.

(*) Del poema Luna de abajo que Ángel González nos dedicó.

A continuación, se reproduce el texto de Alberto Vega que a modo de «explicación» abre Para matar el Tiempo y unos poemas del libro.

***

Debo una explicación al posible lector. A lo largo de varios años se han ido agrupando estos poemas, escritos en su mayoría como puro ejercicio, como hipotética producción de un personaje de ficción —Manuel Pomar— nacido y recreado en horas de papel, soledad y domésticos fantasmas personales. A ello, probablemente, se deban los cambios de estilo, humor y concepción del poema que pudieran advertirse en el conjunto.

Después de las dudas pertinentes, decido firmar el libro con el propio nombre por varias razones, unas de orden lógico y otras de orden mágico.

Por una parte ocurre que, sencillamente, no me apetece jugar al juego de los heterónimos (los honorarios de un psiquiatra no están al alcance de cualquier economía).

De otro lado, dos líneas de Gil-Albert, recientemente leídas por azar en una vieja publicación periódica, arrojaron la luz última y definitiva sobre mi confusión y mis prejuicios:

Nos solemNos solemos disfrazar de lo que somos.
Nos solemSin saberlo, claro.

Al presente Para matar el tiempo, en un primer borrador, seguía un subtítulo: Infancia, delirio, amor y muerte de Manuel Pomar.

Creo que yo, ocasionalmente, me he disfrazado de ese hombre (es decir, de mí mismo).

Alberto Vega (noviembre de 1985)

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***

Parábola del hombre afortunado

Del sacamuelas aquel, mezquino, sifilítico,
entrampado y miserable hasta el sombrero,
que se fue sin dejar rastro, únicamente
tuvo noticia un primo algo lejano.

Parece que contaba (entre otras cosas
de interés limitado) lo bien que le había ido
en cierta isla exótica, gozando del cuidado
que algunas buenas gentes le prestaron.

Cualquier incrédulo podría ver las fotos:

él rodeado de frutos y mujeres,
él abrazado por jefes y hechiceros
que adornaban el pecho con extraños collares
de muelas cariadas y enseñaban
grotescos y felices sus dentaduras de oro.

***

El doble

Hay un problema entre nosotros: tú
sonríes a los gatos por la calle,
mientras yo cruzo los dedos y les temo
su memoria salvaje.

Pasan rostros anónimos y tú
les vas poniendo nombres y señales,
yo en cambio me descuido entre las nubes
y silbo si me place.

Hay un problema entre nosotros: tú
vives dentro de mí y eso es muy grave.

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***

Partimos con el sol naciente
albergando la frágil convicción
de que al fin todo acabaría siendo
aventura propicia para sentirnos uno
entre tanto sentimiento amordazado,
tanta vida y tanta muerte superpuestas.

Los segundos, estatuas de agua,
crecían al azar deshilvanando el tiempo.

Las nubes arriba, tambores de silencio
para el paso inexorable de los días.

Presentíamos la duda como espada enemiga
con quien batirnos en cada encrucijada.
El camino era incierto,
soñábamos con bellos precipicios
donde arrojar lo que de amargo pudiera acompañarnos.

***

Se adivinaban ya ríos ocultos
apenas iniciados
al viaje fabuloso, a las arduas geografías
coronadas por un rumor creciente
de cántaros y peces.

Una suerte de frutas abismales
—agridulces, lejanas—
fue el hallazgo primero de nuestros labios secos.

Luego una extraña alquimia de pieles recobradas,
un ligero sopor desde las sienes
(Rastros, lugares, encuentros clamorosos
volvían bajo un signo azul y cósmico
nacido como llama entre la nieve).

Al despertar nos deslumbró la imagen imperfecta
de una estrella labrada en espejos infinitos.

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***

Enamorados de Maureen O’Sullivan

Aunque sabíamos que era de otro hombre
nuestra envidia fue siempre
más que dudosa

(Tú Tar-zán.
Yo-ser-com- Yo-ser-com-pa-ñe-ra).

Y es que en el fondo nunca descubrimos
si aquella lúbrica mujer en blanco y negro
amaba al Rey veloz y suficiente
o al tímido salvaje amigo de los monos.

***

La chica del anuncio

Bien podría comprar esas bragas que anuncia
o tratar de encontrarla a través de su agencia,
pero no,
nada nada de eso,
tuve que enamorarme
como un niño de su imán y diariamente
mirarla de reojo por las calles más céntricas.

Últimamente pienso que si cambia la chica
de las vallas que nos venden su sonrisa
no haré por encontrarla a través de su agencia:

Compraré, por despecho, esas bragas que anuncia.

***

Dios ha muerto, Marx ha muerto
(y yo últimamente no me encuentro
nada bien)

El caso es que me busco entre las cosas
vecinas, entre tanto
vino bastardo y tertulia de provincias,
jugándome los pasos a una carta
marcada en la baraja del destino
con orlas de colores y falsos paraísos,
desafiando al tiempo entre mitos y flautas.

Por lo demás, ningún problema. Gracias.

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***
Características:
• Año 1986 (ISBN: 84-86375-04-05)
• 14,5 x 20,5 cm, 56 páginas.
• Tirada: 700 ejemplares.
• [Agotado]

***

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