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A doscientos años del 2 de Mayo de 1808 (inicio de la guerra de la Independencia, comienzo del proceso de nacionalización de la soberanía a manos del pueblo), dos meses después de las elecciones del 9 de marzo de 2008, hay Motivos para creer.

Motivos para creer ha sido un eslogan dirigido a la mayoría sociológica de la «realidad plurinacional» de España muy eficaz. Con esta forma publicitaria el partido de la cultura copyright (y su poderoso sacerdocio de circunflejos predicadores) ha conseguido dirimir a su favor el conflicto de competencias que en el terreno de las creencias mantiene con la Iglesia Católica.

Aunque el eslogan Motivos para creer bien pudo haber sido utilizado como propaganda oficial del Estado para animar la participación electoral, pues hay que tener verdaderos «motivos para creer» que el voto que depositamos en las urnas pueda llegar a tener capacidad de influir en la parcelada administración pública, con los estatutos blindando cada territorio autónomo, cada nacionalidad o «nacioncilla». Si la administración central sólo dispone del 16 % del presupuesto (descontando deuda externa y Seguridad Social) y es ya prácticamente imposible abordar plan nacional alguno, votar en las elecciones generales constituye, en sí mismo, un acto de verdadera fe.

Los que tienen «motivos para creer», y sobrados, son los funcionarios de las autonomías y corporaciones locales y entes públicos que han crecido en proporción de quince a uno respecto a la Administración Central en una década. Además de la tupida red clientelar de los partidos políticos, siempre atenta a la «oferta de empleo público» en forma de diputados, consejeros, delegados, directores, secretarios…

También contribuyen a tener «motivos para creer», a su manera, la legión de escépticos que con el burlón «España no se rompe» se muestran seguros y confiados mientras sigan viendo el edificio de El Corte Inglés en el mismo sitio, todos los días.

Pero hay ciudadanos a los que toda esa predicción de que la finalidad del Estado autonómico era aligerar el peso de la burocracia para hacerla más eficaz al servicio del ciudadano, les resulta, al día de hoy, simple prédica. Mera creencia. Y es posible que se rebelen, aunque, por supuesto, no como lo hicieron nuestros heroicos compatriotas hace dos siglos, de aquella manera sangrienta. «Regeneración democrática» lo llaman.

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